martes, 29 de mayo de 2012

El juego sin nombre

Hace algunos años incursioné en el mundo de las “salidas de solteros”. Hasta ese momento mis salidas de soltera por año se podían contar con los dedos de la mano, y siempre eran con un grupo de amigas donde todas tenían enamorado así que sólo bailábamos entre nosotras. A los caballeros que piensan que las salidas de mujeres solas son “la perdición”, lamento decirles que generalmente no es así. 

Conocí en el trabajo a una chica “soltera y feliz” como yo. Poco a poco nos fuimos haciendo amigas y podría decirse que hicimos “click”. Fue con ella que comencé a salir como nunca antes. Todos los viernes frecuentábamos un bar barranquino (llegando a hacernos patas del señor del estacionamiento) y los sábados repetíamos el plato o a veces probábamos algún nuevo lugar miraflorino. Las dos estábamos hartas de las discotequitas yuppies en Larcomar, y la onda barranquina nos atrapó casi por completo.

Teníamos también en el trabajo otra amiga que era un poco mayor y bastante más loca que nosotras. A veces también nos acompañaba, pero la mayoría de veces se perdía “por ahí”. Pongo estas dos palabras entre comillas porque a partir de ese año adquirieron un significado mucho más amplio del que conocía hasta ese momento. El recuerdo más palpable que tengo de esta última chica es el de una conversación que tuvimos durante un almuerzo en el que hablamos de lo que era salir y conocer gente, de las intenciones de los chicos y hasta donde se llega con ellos. Mi aun inocente cerebro defendía la posibilidad de conocer a un chico bueno, decente y respetuoso. No me levanten la ceja. De verdad lo creía. Ella dijo las siguientes palabras que me han acechado por años (y aún a veces lo hacen): “Una puede salir, conocer a un chico que parece lindo, conversar largo y tendido, y sentir que le gustas; pero la verdad es que la gran mayoría va a querer agarrar contigo o tener sexo y nada más”. Debo haber puesto cara de niño al que le dicen que Papa Noel no existe. Entré en negación y decía que no podía ser, que no creía; a lo que ella replicó: “No importa que hagas, que digas, o que tengas puesto; él nunca te va a conocer si es que de verdad no se da la oportunidad de hacerlo. Y la mayoría de chicos no quieren darse esa oportunidad”. A las solteras que acaban de leer esto, pueden parar y releerlo las veces que necesiten. Es difícil de digerir. No lo quise creer. Terminé de almorzar y decidí olvidar ese comentario de mujer despechada, amargada y desesperanzada.

Lo que siguió a partir de ese año fueron experiencias que me demostraron cuánta razón tenían esas palabras y me abrieron los ojos más que a perro pequinés. Encontré que salir en la actualidad es mucho más que sólo producirte, verte bonita y esperar conocer a tu galán. A decir verdad, es un “juego” y tienes (¡necesitas!) saber que efectivamente lo es para poder jugarlo y al menos no perder por knock-out (léase: terminar con el corazón roto llorando en el baño del bar).

La triste realidad es que ahora todos se cagan de miedo. Déjenme generalizar, por favor. Todos, hombres y mujeres, han desarrollado una coraza tan pendeja producto de las malas experiencias y desilusiones, que no son capaces de dejarse conocer y mucho menos interesarse por conocer a otro.

Les explico a qué me refiero: Producto de un corazón roto, el chico decide no amar más y se convierte en cualquiera de las siguientes subespecies de la noche. Tenemos al que quiere chaparte, y no le importa ser obvio ni hacer el ridículo. Es más, pareciera que lo hace a propósito para que “atraques rápido”. Whaaaat??? También está el caleta (para mí, el peor) cuyo modus operandi consiste en tomarse su tiempo. Te invita un trago, se sienta a conversar contigo, finge interés, te hace sentir cómoda hasta que intenta agarrar contigo, y si atracas: la cagada, porque te va a florear con que eres la mujer de su vida para finalmente invitarte a otro lado más tranquilo porque ahí hay mucha bulla. ¿Dónde? Dirás tú, y el responderá “por ahí”… (lo dejo a su imaginación). Lo peor de esta subespecie es que no quiere, ni va a querer, más que eso y es muy probable que no te vuelva a llamar. Obviamente, entre estos ejemplos hay intermedios, pero igual, en todos los casos juegan entre ellos a quien se agarra/tira más chicas esa noche.

Las chicas (al menos las de mi generación) es muy probable que salgan a jugar con un corazón blando y abierto a conocer al amor de sus vidas. Cuando estas chicas se encuentran con los chicos como los descritos, se van al mismísimo carajo. No voy a entrar a detallar la vorágine analítica en que forzosamente entran, pero la verdad es que puede ser que pase por lo mismo un par de veces más hasta que suceda lo inevitable: se convierte en una bitch. Es decir, se adapta, y comienza a jugar el mismo juego. Ya no se la agarran, si no ella se los agarra a todos. Aprende el exquicito arte de “calentar” y se comienza a sentir poderosa. En el extremo de la adaptación, llega a tener sexo solo por tenerlo, y punto. Nada de cursilerías como “hacer el amor”. Ojo, no digo que este mal. A decir verdad, celebro la liberación sexual femenina, pero por las razones correctas. De lo contrario, no es verdadera “liberación”.

Este cuento termina como la pregunta del huevo y la gallina, porque esta chica le romperá el corazón a un chico que decidirá no enamorarse nunca más, ser un pendejo y continuar así propagando las malas costumbres. Me resulta triste que en un mundo en el que “no solo hay que ser, si no parecer”, también para relacionarnos tenemos que aprender a “jugar”.

Personalmente, creo que no está mal “jugar” siempre y cuando el otro esté jugando también, y las reglas estén bien definidas. Juega con quien juegue tu juego. Y punto.

Nota: Estoy segura que hay muchos ejemplos que pueden desacreditar lo escrito en este post, ya que he oído por ahí que hay finales felices que empezaron en estos mismos escenarios, y me alegra que haya sido así. Sin embargo, considero son los menos.

Los dejo con esta canción de ABBA de 1977, cuya letra habla por sí misma. (El link es de Mamma Mia porque es la única que tenía letra)

Yo era un caso imposible
Nunca nadie podía acercarse
Pero puedo ver en tu cara
Mucho de lo que puedes enseñarme
Así que quiero saber
¿Cuál es el nombre del juego?
¿Esto significa algo para ti?
¿Cuál es el nombre del juego?
¿Puedes sentir de lo mismo que yo?
Dime por favor, porque tengo que saber
Soy una tímida niña, comenzando a crecer
Y me haces hablar
Y me haces sentir
Y me haces mostrar
Lo que estoy intentando ocultar
Si confío en ti, ¿me decepcionarás?
¿Te reirías de mí, si dijera que me importas?
¿Podrías sentir lo mismo que yo?
Quiero saber
El nombre del juego

domingo, 20 de mayo de 2012

Primer amor

Si me preguntan quién fue mi primer amor no podría responder de inmediato. El primer recuerdo de tengo de algo que podría llamarse “primer amor” viene del nido. No recuerdo si fue una amistad convertida en amor, un amor a primera vista o un “más me pegas, más te quiero” infantil; pero si puedo recordar un nombre: Efraín. Tengo el recuerdo de estar con mi mejor amiga del nido corriendo alegremente desde la zona de juegos al salón de pintura, mientras nos dejábamos perseguir por Efraín y su mejor amigo (al que obviamente también le gustaba mi amiga). No recuerdo muchos detalles porque tenía 4 años, pero si tengo el recuerdo de su cara y sus lindos ojos verdes. Recuerdo también que estaba clarísimo para la gentita del nido que él era mi “novio”. La Miss Miriam lo sabía, la Miss Chana lo sabía; hasta mi mamá lo sabía y, por supuesto, le encantaba la idea. Si, leyeron bien. Tenía 4 años y mi madre un poco más y me ponía moño rojo y me declaraba en oferta. Es más, ¡me torturó hasta la adolescencia con buscar a la mamá de Efraín para un reencuentro! ¿Qué habrá pensado?: “Esta mercancía sale si o si”… plop! Imagino que todo terminó cuando irremediablemente tuvimos que seguir nuestros caminos: él a su colegio de niños y yo a mi cole de niñas. Nunca más lo volví a ver (al menos eso creo) y no recuerdo haber sentido pena, ni nostalgia, ni siquiera haberlo extrañado. Entonces, ¿fue amor? ¿tal vez una ilusión? Bueno, no nos pongamos tan profundos todavía… ¡tenía 4 años!
Después del nido tuve muuuuuchos años en colegio de mujeres sin grandes situaciones interesantes. Lo más divertido era joder a una u otra con el profesor joven de basket o con el chico que sacaba copias. Y no, nunca me gustó, afanó, ilusionó o divirtió ninguno de estos jovencitos, nada nadita. Aunque si, acepto que era un cague de risa fregar a alguna que si le afanaba.
Ya en mis primeros años de adolescente, en un aburrido verano más en casa, sucedió algo inesperado y mágico. Mi hermana y yo estábamos jugando con una pelota que sin querer se cayó al jardín de la vecina como otras veces. Ya nos daba roche y flojera ir a pedirla, cuando de pronto vimos que la tiraban de vuelta a nuestro jardín. El balcón de nuestro cuarto y el tercer piso daban al jardín de la vecina, así que fuimos a ver quién nos la había devuelto, y vimos a dos chicos de nuestra edad. Jamás me sentí tan estúpida como en ese momento. No tenía la mínima idea de que hacer así que hice lo que todo gran hombre o mujer haría en esta situación: me escondí. Mi hermana, que es menor, supongo que habrá optado por seguirle la cuerda la “experimentada” hermana mayor (pobre niña) e hizo lo mismo. No se cómo así, entre escondiditas y arrochadas, comenzamos a mandarnos notitas con los chicos estos. Nos preguntaron nuestros nombres y fuimos intercambiando información como edades, colegio, etc. a través de notitas que iban y venían. Algo así como una versión primitiva de un chat. Eran los nietos de la vecina y en verano pasaban varios días en casa de su abuela.
Esa noche debí haber estado insomne y alucinada. Eso, o completamente aterrorizada, preguntándome por qué carajos había reaccionado así. No tenía sentido, si las grandes protagonistas de las novelas no se escondían: ni la Rosa Salvaje, ni la Maricela de Amor en Silencio (por más que fuera la “buenita”). No señores, aun no se estrenaban ni María Mercedes ni María la del Barrio. Y es que, en ese momento, esos eran mis únicos referentes. La verdad es que nunca me habían hablado del amor. Había tenido en el colegio la bendita charla de educación sexual, pero nunca nadie me había hablado de amor y qué era amar, y mucho menos de todas la etapas que pueden haber antes del amor en sí mismo: ilusión, admiración, afán, gileo… no, nada de nada. Era una “analfabeta sentimental”. Y lo peor es que no tenía idea de eso porque juraba que el amor era algún Capetillo diciendo “te amo, pero es complicado”, y la “buenita” llorando y perdonando cojudez y media, y la familia oponiéndose, y la “mala” siempre tramando algo para separarlos, y drama, y cada vez más drama, y bla bla bla. Por si el mensaje no quedó claro: Si, las telenovelas nos cagan el cerebro.
Los días siguientes fueron mágicos. Nos “avisaban” que estaban ahí cuando salían y tiraban pelotazos contra la pared de su jardín que daba a nuestro cuarto. Pasamos de chats primitivos a conversaciones jardín-balcón, a que se trepen al techo y se pasen clandestinamente a mi casa… Oh, ¡que romántico! Estuvimos en ese plan “clandestino” un mes aproximadamente, hasta que mi mamá se dio cuenta y nos resondró (léase carajeo) a mi hermana y a mí. Después venían a la casa (entraban por la puerta principal) y jugábamos lo que sea. De hecho, había más química entre el mayor de los hermanos y yo, y el menor y mi hermana, y siempre nos separábamos de “a dos” para jugar lo que más nos gustaba. Pasada la “ilusión” comenzó a generarse la “admiración” porque teníamos una química linda al jugar Nintendo. Mario y Luigi se pegaban cabezazos mientras nosotros conversábamos (honestamente no recuerdo de que hablábamos, pero debe haber sido trascendental).
Cuando las clases comenzaban los veíamos muy poco. A veces coincidíamos en las tardes y tal vez uno que otro fin de semana, pero no como en verano. No sé si puedo decir que eso fue amor. Lo que sí puedo decir, es que lo extrañaba cuando no lo veía, pensaba en él cuando jugaba sola Nintendo, y sentía como latía más fuerte y rápido mi corazón cuando escuchaba sus pelotazos contra la pared del jardín.







La letra de esta canción es tan cursi como cierta. Espero que cada uno de ustedes haya vivido y disfrutado dulcemente su "primer amor".

lunes, 14 de mayo de 2012

Mi Diario fue mi primer “blog”

Mi primer Diario me lo regalaron cuando cumplí 10 años. Escribí por primera vez un 21 de junio de 1990 y principalmente escribía sobre lo que hacía cada día (estaba en 5to. grado en un colegio de mujeres así que no había mucho que contar). Escribí un par de meses y luego lo retomé en noviembre de 1991 hasta terminar el verano de 1992 porque quería escribir sobre un chico que había conocido (en el próximo post contaré más de él).
Pero fue en mi cumple de 13 años que me regalaron uno muy especial que venía con llave, y lo hacía más interesante porque así  nadie más lo podría leer.  Recuerdo que al final de ese día me quedé viendo sus hojitas de colores y sentí miedo de comenzar a escribir porque no quería malograr lo lindas que se veían. No tenía bonita letra y muy probablemente la iba a cagar. Fue así que no toque el diario durante el resto de ese año. Un día fui a la casa de una amiga y vi que estaba leyendo un libro que me llamó mucho la atención porque tenía que ver con un diario. Ese libro era “El Diario de Ana Frank”. Podría escribir un post entero de como ese libro me dio una perspectiva distinta de la realidad que a cada uno le toca vivir, pero no entraré en detalles.
Ana comienza a escribir en su diario como si le hablara a una amiga. Es más, recuerdo que le puso de nombre Kitty. No escribía todos los días y cuando lo hacía empezaba así: “Querida Kitty”. Leí ese libro en 2 días y medio. Nunca me había pasado nada parecido con un libro. Recuerdo que como había ruido en mi cuarto iba al tercer piso y cerraba la puerta del cuarto para poder leer tranquila. No lo podía soltar. Bajaba a almorzar y subía inmediatamente a seguir leyendo. Por momentos paraba a pensar que realmente era la historia de alguien que había existido, que tenía casi mi edad y mis mismas ilusiones. Sonreí, me ilusioné con el romance de Ana, sentí su impotencia ante situaciones que no podía controlar y lloré mucho al final. Fue en ese momento que decidí comenzar a escribir en ese Diario, y hacerlo constante. Pensaba que tal vez alguien más lo podría leer y sentir esa misma identificación que sentí con Anita Frank. No tenía idea que sería a mí misma a quien le serviría más que nadie.
Desde ahí, nunca más paré. En 1995 cambié al formato de Agenda, porque era más fácil escribir así cada día (aunque los sábados y domingos tenían menos espacio y eran esos los días que tenía más cosas que contar/escribir). Sin darme cuenta, he documentado mis últimos años de secundaria, la pre, la universidad, mi vida laboral y todo lo intermedio. Cada cierto tiempo recuerdo mis Diarios/Agendas y las leo. Me leo. Me recuerdo aniñada, ilusionada, “enamorada del amor” como decía mi mamá, y hasta puedo sentirme un poco “dueña del mundo” como en esos días. Me llena da una nostalgia dulce, porque en el fondo sé que esa chiquilla idealista y confiada aun esta en mí.

Intro

Siempre he sido “casi buena” en todo. En el colegio, en la universidad y en la maestría: “casi buena”. Sé un poco de varios temas y me fascina que me hablen de cosas que no sé para seguir manteniendo esa característica. Puedo bailar bastante bien, cantar decentemente y actuar (o algo así) si me piden que lo haga. Dicen que soy chistosa a veces y yo creo que en realidad soy “cachosa”. Me ha tocado estar en círculos donde he roto el status quo para bien o para mal, y en consecuencia me han visto como “valiente” y/o “diferente” (así de opuesto). Tengo muy buena memoria. Puedo recordar lugares, personas, fechas y detalles sin importancia. Si es bueno o malo no lo sé, pero así es. Finalmente, no busco nada espectacular con este blog. Solo voy a publicar mis historias, desde mi punto de vista y principalmente para mí. Si a alguien más le pueden servir para reírse o aprender de las experiencias ajenas, en buena hora.
No soy escritora, ni comunicadora, y no pretendo ser lo que no soy. Quiero tener este blog por puro gusto. Nada más. Voy a evitar dar detalles que me identifiquen o a cualquiera de las personas de las que escriba. Léelas y disfrútalas si quieres. No hay necesidad de ponerle nombre a nadie.

Gracias a quienes (desde hace tiempo) han insistido en que "escriba un libro" o "tenga un blog". Especialmente a mi hermana (mi primera lectora) y a mi mamá que me ve escribir desde hace más años de los que puede recordar.

Gracias por leer J